Hay un viejo proverbio francés que dice que el hombre recurre a la verdad sólo cuando anda corto de mentiras y pensé traer esto al presente a propósito de las recientes declaraciones del ex Presidente Ricardo Lagos, también del Secretario General de la OEA, José Miguel Insulza y de Eugenio Tironi, ex jefe de la campaña de Eduardo Frei, quienes remecieron el ambiente político con una astuta, y no por ello menos honesta, salida de libreto a pocos día de la elección presidencial.

Y es que era bastante previsible que, de no verificarse ese gran hito en la candidatura de Frei después del 13 de diciembre, la cual suponía la salida oportuna de los presidentes de los partidos de la Concertación para dejar en un callejón sin salida a Marco Enríquez-Ominami, Ricardo Lagos y compañía arremeterían con fuerza para posicionarse en el frente interno. Es decir, al minuto de salir Camilo Escalona a decir que no revisará su continuidad al mando del Partido Socialista sino hasta después del 17 de enero, uno sólo puede interpretar que las preocupaciones están más en mantener sus cuotas de poder interno que de apoyar una candidatura, honestamente, con muy pocas posibilidades de éxito.

Es ahí además donde se justifica que la Presidente Michelle Bachelet rompa la tradición de que los mandatarios no se involucran en los asuntos internos de los partidos. Bachelet sabe que sin “su hombre” cuidando la casa, nada evitaría que el laguismo se meta por los palos poniendo en riesgo su repostulación para el 2014. Porque seamos francos, si ves que las encuestas te dejan por las nubes, ¿te irías para la casa así nada más?.

Michelle Bachelet, Ricardo Lagos, José Miguel Insulza, Marco Enríquez-Ominami, si hasta el candidato que gritaba “trabajo, trabajo, trabajo” están al aguaite para ver cómo quedará el mapa de poder al interior de la Concertación después de la elección y eso, aunque no lo reconozca, Eduardo Frei lo sabe. De ahí que, pese a fracasar la estrategia de renuncias masivas, el Senador por la Región de Los Ríos saliera igualmente a declarar que de llegar a La Moneda su gobierno prescindiría de los partidos. No era la muestra de liderazgo y conducción que tenían planificado publicar en el comando oficialista, pero por lo menos intenta contener la situación.

Ahora bien, me pregunto dónde están aquellos personajes que con pomposidad se involucraron en la campaña presidencial de la Concertación. Por recordar algunos: Sebastián Bowen, la mamá y el hijo de la la Presidente Bachelet, Laura Albornoz, Pablo Halpern, los senadores Pizarro y Alvear, Andrés Velasco y tantos otros que nos llenaron de páginas en los diarios y de horas de grabaciones en las radios y canales de televisión.

En fin, sigamos.

Otra muestra de franqueza política fue la expresada por Eugenio Tironi, que si bien perdió protagonismo con las declaraciones a favor de Sebastián Piñera del analista Patricio Navia, no dejan de ser sintomáticas respecto de una sensación que asedia hoy a la centro-izquierda. Jorge Edwards lo expresó muy bien. El ex diplomático de Salvador Allende anunció su voto favorable al candidato de la Alianza y si bien reconoce que no lo apoya, sabe que las cosas están dadas como para correr un poco los cercos ideológicos y racionalizar el voto. Es decir, si das por perdida una lucha o encuentras anacrónico seguir viajando por un carril más preocupado de cosas que vivimos décadas atrás, ¿es muy descabellado apoyar o tal vez, también, buscarse otra opción administrativa?.

La reacción de Tironi se puede leer también como la consecuencia de una mente activa y estratégica. Desde el punto de vista profesional, este hombre sabe que como lobbista histórico de la Concertación, le es rentable mantener una pata aquí y la otra allá. Él a dado muestras de astucia suficientes para moverse entre estos dos mundos. Por los que aquellos que hoy lo miran como un traidor, deberán reconocer que mañana lo más probable es que vuelvan a necesitar de sus servicios para sacar adelante sus asuntos con el eventual nuevo Gobierno.

Eugenio Tironi y Ricardo Lagos tienen la capacidad y el entrenamiento para anticiparse a los negocios y situaciones; ésta no creo que sea la excepción.

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Mientras en la Concertación, incluida por supuesto la Presidente Bachelet, hacen grandes esfuerzos por instalar la idea de que ser militante de un partido miembro del bloque oficialista es invalidante para desempeñar cualquier función en el Gobierno de Sebastián Piñera, sale a la luz una contradictoria defensa para quienes, en su condición de funcionarios de confianza exclusiva, mantienen contratos hasta el 31 de diciembre de este año y que, sin quererlo quizás, abre nuevamente una discusión muy de fondo y perentoria.

A lo menos suena raro que ahora, después de los innumerables berrinches por la posibilidad de que miembros de la Concertación se sumen a la nueva administración, se pretenda defender a personas que, si bien no tienen la visibilidad o protagonismo de otros dirigentes, tienen en su mayoría el mismo impedimento que le esgrimieron, por ejemplo, a Juan Gabriel Valdés.

Estos agentes, contratados como consejeros de confianza de ministros, subsecretarios, intendentes, gobernadores y jefes de servicio, cumplen una función política que, en su mayoría, responde exclusivamente a los requerimientos de quién lo contrató y no necesariamente a la urgencia o necesidad de un proyecto público en especial. Porque si así fuera o pretendieran florear ahora las autoridades, lo lógico sería que dicha función fuera analizada y resuelta por un concurso público. No quiero decir con esto que sus funciones sean menos importantes o relevantes, por el contrario, considero que son indispensables para dar apoyo político a la autoridad. Pero nada más. No entran en la categoría del funcionario público convencional o de planta como le dicen.

Por consiguiente y dejando los discursos de lado, lo correcto sería que estos empleados renuncien a sus funciones en las mismas condiciones y plazos que los demás funcionarios de confianza y recién ahí, con la libertad que debe tener la nueva administración, se evalúe quienes estarían en condiciones y dispuestos a seguir colaborando con el Gobierno.

Lo importante en este momento, para pasar a discutir el fondo y ya no el mero maquillaje, es saber qué criterio adoptarán en definitiva los partidos en esta materia. ¿Seguirán los manifiestos del ex Presidente Ricardo Lagos y el Partido Socialista quienes sostienen con uñas y dientes la incompatibilidad “ética” de que un militante participe en el nuevo Gobierno o el de la Democracia Cristiana que, a través un instructivo, formaliza el castigo para sus militantes que durante la administración de Sebastián Piñera acepten o se mantengan en sus puestos?.

Razonable es que las doctrinas o intereses particulares de quienes están en lo público no perjudiquen los del país. Que el gran motivador sea el desarrollo y bienestar de todos. Que quienes tienen el bichito, de presentarse la oportunidad, no dudarán un segundo en sumarse a los esfuerzos por avanzar en la superación de los problemas que aún nos aquejan.

La pregunta del millón entonces es ¿qué es mejor para el Chile?, ¿negarse a colaborar o sumar para construir?. Con todas las diferencias que se quiera, pero ¿cuál es el camino correcto?.

Nadie discute el derecho que tiene de la nueva oposición de explicar sus objetivos como quiera. Son libres de diseñar como se les antoje su intervención en los años venideros, pero a mi juicio, seguir con las mañosas prácticas del pasado recordando fantasmas que ya no existen para la gran mayoría de los chilenos, no aportan más que a ensuciar y demorar el cumplimiento de un sueño.

Así como para muchos el bienestar pasa casi exclusivamente por modificar leyes políticas y electorales, habemos unos cuantos que creemos que las prioridades deberían estar centradas en mejorar la calidad de vida y cumplir las más básicas y simples expectativas de quienes vivimos en Chile.

No puedo hablar por otros, sobre todo si no me lo han pedido, pero tengo la sospecha de que para muchos hoy es más relevante encontrar trabajo y vivir tranquilos que modificar una ley para que un partido vuelva a ser legal. Como también sospecho que muchos simpatizantes de la Concertación estarían felices de colaborar con el nuevo Gobierno aún a riesgo de ser catalogados como indignos.

Al final y volviendo a la pregunta: ¿qué es mejor para Chile?.

Me encantaría que los que hoy, con bombos y platillos, se empinan como servidores públicos y defensores del bien común respondieran esta pregunta. No desde una trinchera, sino desde la función de padre, hermano, hijo, abuelo o vecino de otros.

Lamentablemente la respuesta no es obvia. Por fuerte que haya sido el chancacazo del pasado 17 de enero, aún hoy hay muchos que insisten en seguir viendo las cosas a través de una ventana.

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