El tema de la obesidad es preocupante, especialmente en los más pequeños. Según el INTA el 17,2% de los niños de 1° básico es obeso. Los índices del mapa nutricional de la JUNAEB muestran que, hasta hace un par de años, cerca del 45% de los niños en etapa preescolar sufrían de sobrepeso u obesidad, tendencia que aumenta sostenidamente año tras año. Además el 20,8% de los alumnos que cursan primero básico sufre de obesidad. Cifras preocupantes que se condicen con la realidad mundial: datos de la OMS señalan que alrededor del 30% de la población infantil padece obesidad y sobrepeso. Se calcula que a 2010 en todo el mundo existen 42 millones de niños con sobrepeso, de los que cerca de 35 millones viven en países en desarrollo.
La obesidad es un tema complejo. Tanto, que consiguió que se expandiera, como si se tratara de una moda, la idea de gravar la comida chatarra con impuestos más altos con la justificación de desincentivar su consumo. Se argumenta para aquello que tales impuestos podrán compensar lo que el Estado gasta en salud por obesidad y sus consecuencias.
Sin embargo, hay veces que el remedio resulta peor que la enfermedad. Creo que aquella “solución” no funciona, y que a la larga dicho impuesto crea más males que bienes.
Primero, porque la “maldad” de la acción no se soluciona gravándola impositivamente. Entre las demagógicas caricaturas y demonizaciones que resiste este tema, el senador PPD Guido Girardi afirma que “las empresas que producen comida chatarra (…), están ganando dinero a expensas de la enfermedad y la muerte de los chilenos. Y le están poniendo grasas de mala calidad, sal de manera escondida a los pollos, a las gelatinas y a las galletas dulces” La realidad nos hace preguntarnos ¿y, de ser eso verdad, se va a modificar aumentando el impuesto? ¿No será que para mantener precios competitivos se rebajará la calidad del producto, ofreciendo alimentos de aun peor calidad?
Es un poco ingenuo pensar que la elasticidad del consumo de chatarra sea de tal naturaleza que con un alza en el precio su consumo se disminuya o extinga. En 2001 investigadores de la Universidad de Purdue descubrieron que la comida chatarra posee sustancias como el glutamato monosódico que potencia la acción de las papilas gustativas haciendo más intensos los sabores: una mera alza de impuesto seria absurda para conseguir el fin deseado.
Por ende, la única solución consiste en la educación de hábitos sanos.
Además, desde el punto de vista legal, el tema es aun más complejo. Por lo pronto, definir qué es comida chatarra implica un problema complejo. Algunos pretenden señalar que consiste en aquella que supone mayor cantidad de saturación de grasas, sal o azucares. Pero esa definición incluiría una serie de alimentos no chatarra. ¿Cómo podremos considerar, por ejemplo, que una escalopa pueda ser considerada tal? La aplicación del gravamen se volvería ilusoria, porque para saber qué se aplicó a cada alimento sería preciso saber con exactitud la composición de dicho alimento. Ciertamente ilusorio.
Asimismo, si el impuesto que se promueve es de un monto tal que provoque desincentivo de la conducta, se puede advertir una notoria inconstitucionalidad. En efecto, la existencia de un impuesto manifiestamente injusto –en relación a otras actividades igualmente dañinas o peligrosas- o desproporcionado es causa suficiente como para que, de no mediar una situación insospechada, el Tribunal Constitucional declare que dicho impuesto sería contrario a la Carta Fundamental.
Todo ello sin considerar otro factor relevante: si encarecemos el precio de la actual comida, que cumple con las estrictas regulaciones de los organismos de salud, lo mas seguro es que en lugar de comprar un producto regulado, el “mercado negro” de la chatarra sea lo que predomine. La experiencia del tabaco, del alcohol y de otras situaciones de esta índole enseña que el peor mercado es el extremadamente regulado por la vía impositiva.
¿Solo malas noticias? Al parecer no. La OMS y su Estrategia Mundial sobre Régimen Alimentario, Actividad Física y Salud, adoptada por la Asamblea de la Salud en 2004, describe las acciones necesarias para apoyar la adopción de dietas saludables y una actividad física regular. En la comuna de Providencia, por ejemplo, se desarrolla con éxito un programa denominado Kioscos Saludables, en los que los padres venden a los niños productos sanos. Al mismo tiempo se cambiaron los juegos por máquinas de ejercicios, entretenidas y sanas. Los resultados han sido sorprendentes.
Como política pública, todos deseamos la promoción de una alimentación más sana y hábitos de vida mas saludables Pero aquello pasa por medidas preventivas mas que por restricciones que finalmente no producen el efecto deseado, más que una linda foto en los diarios para sus promotores o 15 segundos de cuña en los noticiarios. Porque al final del dicho impuesto sólo generaría, en la práctica, solo mayor obesidad fiscal por tratar de recaudar unos cuantos pesos más.

