Los resultados de la encuesta CASEN vuelven a poner en el ojo del huracán una dura realidad: muchos chilenos y chilenas, muchísimos, viven en condiciones indignas, sin lo más básico para llevar una vida mínimamente íntegra.
Como era de esperarse, muchos han vuelto a hablar sobre la importancia de tomar conciencia de este drama que afecta a tantos compatriotas. Pero claramente no basta con tomar conciencia. Es imprescindible y urgente desplegar esfuerzos reales y cotidianos para combatir el drama de la pobreza, especialmente considerando que nuestra generación está marcada por el fenómeno del voluntariado, socialmente validado y promovido en la actualidad, en especial después del 27F.
Pero tampoco basta con el voluntariado. Si bien ha sido un importante primer paso para sobreponernos a la apatía, la indiferencia y la comodidad, hasta el más acérrimo defensor de esas instancias puntuales – y tremendamente valiosas – de ayuda es capaz de percibir su insuficiencia frente al flagelo que azota a Chile. La magnitud del problema exige una segunda etapa, más profunda, que consiste en pasar del voluntariado al compromisariado, es decir, que los jóvenes veamos y adoptemos el servicio a los demás – el auténtico servicio público – como una alternativa válida de desarrollo profesional; como una verdadera ocupación laboral, en la que se pueden desplegar de manera permanente los conocimientos y destrezas adquiridos en la formación técnica y universitaria.
El desafío del compromisariado requiere, en primer lugar, que como sociedad generemos las condiciones necesarias para la profesionalización del voluntariado, facilitando así la creación de organizaciones sustentables en el tiempo. No es posible que la constitución jurídica de las corporaciones sin fines de lucro demore tantos meses e incluso años en algunos casos; Es inaceptable que el acceso a franquicias tributarias para las donaciones sea tan limitado y exigente (actualmente se exigen plazos de existencia mínimos para optar a ellas); No es razonable que el emprendimiento social involucre tanta burocracia y trámites costosos y desgastantes, que pocos están en condiciones de costear, y que en definitiva constituyen un verdadero desincentivo para desarrollarlo. En IdeaPaís hemos conocido todos estos problemas en carne propia.
Se requiere, además, cambiar los paradigmas con los que en general se mide el éxito o fracaso profesional. Dichos como “cuándo te aburras de jugar, te esperamos en nuestra compañía”, “¿Hasta cuándo piensas dedicarte a puras leseras?” y etcéteras muchas veces son el pan de cada día de quienes optan por camino distinto al tradicional. Esos paradigmas se basan en la equivocada – y a veces egoísta – creencia un joven es exitoso profesionalmente sólo si trabaja en lo privado. Obviamente se puede hacer mucho bien desde una empresa, un estudio jurídico o una consultora, pero siempre y cuando los criterios de desarrollo no sean puramente individualistas; siempre que se tenga a la vista el rol social de la institución y qué puede hacer uno para colaborar con dicho rol. Porque la realización personal exige ayudar a la de los demás (eso es el bien común); porque el verdadero éxito es contribuir a generar una sociedad en la que todas las personas puedan acceder – realmente y no sólo en el papel – a un desarrollo acorde a su humanidad. Y eso implica escapar a las lógicas preestablecidas.
Todo lo anterior sólo será posible si somos capaces de darle un sentido profundo al anhelo de transformar Chile. Como nos decía Benito Baranda hace unos días, en un encuentro con jóvenes líderes de distintos voluntariados, la sociedad necesita agentes de cambio con ideales de fondo, que les permitan sobreponerse a las frustraciones y caminar con un norte claro, capaz de entusiasmarlos y comprometerlos. Los servicios puramente materiales tienen corta duración porque, pese a su valor, se promueven como algo puntual y excepcional que no alcanza a clavarse perdurablemente en el corazón de los voluntarios. Tenemos, entre todos, que llenar esas energías con una visión de sociedad que tenga como centro al auténtico desarrollo integral de cada persona; tenemos que comprometer y comprometernos de por vida, de modo que los “sacrificios” sean una minucia en comparación con el sueño que inspira y mueve a trabajar por los demás. En definitiva, el “cómo” de la técnica debe ceder ante el “por qué” de los ideales, para que el “cuánto” del esfuerzo se amplíe y profundice en el tiempo.
Con todo ello presente, deben ampliarse las vías de acceso a lo público, para ser capaces de cubrir la diversidad de perfiles y aptitudes, porque los jóvenes se caracterizan por ser creativos e innovadores, por construir los caminos y las formas desde sus particulares vocaciones. Las rutas estancas no responden a esa realidad y progresivamente irán quedando en desuso. Tenemos que aspirar a que, teniendo al desarrollo humano como meta colectiva, valoremos la heterogeneidad de los medios que se emplean para dirigirse a ella.
En síntesis, el paso de la voluntad de ayuda puntual al compromiso profundo y de por vida de servir a los demás exige espacios sustentables, condiciones sociales perdurables, ideales de fondo claros y coherentes, y jóvenes que se entusiasmen con romper las consignas imperantes. La búsqueda de la circunstancia ideal estará siempre plagada de excusas y postergaciones. Dada la urgencia, el momento es hoy. Es hora de atreverse.
Columna originalmente publicada en www.ideapais.cl.

