Patricio Domínguez, Director Social de Un Techo para Chile, reflexiona en torno a la pobreza que existe en Chile y en cómo terminar con un sistema que excluye socialmente a millones de personas.

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Ante la recién salida del horno de la encuesta CASEN 2010, el debate sobre la pobreza se encuentra en la agenda comunicacional y política. Pero ante la falta de micro-datos para estudiar en profundidad dicha encuesta, podemos servirnos de otro instrumento revelador que se encuentra en la portada del INE, la encuesta de ingresos por hogar. Dicha encuesta lo que hace es medir el ingreso por hogares a nivel nacional desagregando por región, edad, sexo y fuentes del ingreso por sector. En la portada nos encontramos con nada más y nada menos que el ingreso promedio de un hogar chileno se encuentra en los $610.700, ¡una gran noticia! Pero menos mal que tenemos los datos para saber que la enhorabuena no es tan alentadora, puesto que las diferencias que evidencian las mismas cifras es otra consecuencia de la ya conocida profunda desigualdad chilena, de eso se trata el presente comentario.

 

Según la encuesta de ingresos de hogares publicada por en el Instituto Nacional de Estadísticas en su página web el ingreso promedio de los hogares chilenos es de 610.700 pesos, eso es aproximadamente unos 1200 dólares y unos 900 euros, lo que a simple vista parece bastante alto y da la sensación que vamos bien, las familias tienen mejores ingresos y por lo tanto vamos en el camino del “desarrollo”.

 

Ahora bien, es cierto que las familias tienen más ingresos que antes, también es cierto que en comparación con otros países de nuestra región, estamos mucho mejor. Un dato interesante es que la tasa de incidencia de la pobreza publicada por el Banco Mundial, que le da a Chile un 2,4% mientras que países como Brasil tienen un 12,7%; Argentina un 7,3%; y Bolivia un 21,9%, todo esto es cierto. Sin embargo conformarnos con ser el menos malo no debe ser la luz que nos guié el camino.

 

Volviendo a la encuesta de ingresos en hogares del año 2009, nos encontramos con los siguientes datos que pueden ser más clarificadores de la desigualdad. Cuando revisamos el ingreso promedio de un hogar por deciles nos encontramos que la decila más pobre (un hogar que tiene un promedio de 4 integrantes) tiene un ingreso de 169.700 pesos y la decila más rica un ingreso de 1.976.000. Si no nos equivocamos esto es 10 veces más, una distancia enorme que nos acusa que la desigualdad chilena no ha tenido retroceso y que por tanto si bien se ha mejorado la calidad de vida general de los ciudadanos medios, seguimos en un escenario de desigualdad estructural que no se soluciona con el modelo económico que actualmente tenemos en el país.

 

Respecto de la distribución por región del país nos encontramos múltiples interpretaciones que coinciden con la estructura económica de Chile. Por región el promedio por hogar más alto lo obtiene la región de Tarapacá con 826.200 pesos, mientras que la región más baja es la región del Maule con 395.100 pesos (recordemos que nos referimos al ingreso promedio por hogar). Una diferencia más del doble. Claramente el cobre sigue incidiendo en los ingresos de los hogares chilenos, allí donde hay mineras hay mayores ingresos sumando a estos territorios otros polos de desarrollo.

 

Pero a pesar del alto ingreso de la primera región este sólo alcanza a representar un 2,2% del ingreso total, en cambio la región metropolitana con ingreso promedio nada despreciable de 756.000 pesos representa el 48% del total nacional. Aquí podemos evidenciar no sólo la desigualdad en términos puramente económicos, sino también en el ámbito territorial, sabemos que hay regiones ganadoras y perdedoras, pero el crecimiento y desarrollo del país no es homogéneo y eso queda patente. Aunque es evidente que la región metropolitana tenga más peso producto de su mayor población, es esa misma concentración de población y recursos existentes (de todo tipo) es la que sostiene la desigualdad regional.

 

Sólo seis de las 15 regiones se encuentra sobre la media nacional, las otras nueve regiones están por debajo. Si además excluimos de las seis regiones a dos, la metropolitana y la región de Magallanes, esta última por su baja población. Obtenemos que de un total de 13 regiones sólo 4 presentan ingresos por hogar sobre la media, y de esas cuatro, tres son regiones mineras. En cifras gruesas menos del 50% de las regiones de Chile alcanza esos 610 pesos de ingreso promedio por hogar.

 

Sabemos que no podemos medir el desarrollo a través de un sólo instrumento, y también conocemos que las múltiples variables que condicionan el desarrollo deben incluir no sólo el ingreso, sino también el gasto.

 

Es evidente ante cualquier cifra y análisis que la desigualdad de Chile sigue siendo la gran tarea que deben afrontar las fuerzas sociales y políticas. No basta con mejorar en las cifras, debemos apostar por un modelo que garantice una mejor calidad de vida a las familias, un buen vivir. Ello no sé adquiere simplemente mejorando en uno o dos puntos.

 

Las mediciones nunca son del todo exacta, por más veneración empirista y racional de la tecnocracia, pues las comparaciones siempre se quedarán cortas, puesto que los objetos responden a diversas variables para explicar la realidad que atraviesan. No estoy diciendo que no podamos tener referencias que definan límites para el análisis empírico, pero si digo que no podemos comparar Valparaíso con Magallanes sólo con los ingresos y quedarnos satisfechos.

 

La tarea que se debe resolver en el futuro es como construimos un modelo de desarrollo que responda al bienestar del país en general, pero sin descompensar sus territorios, sin tener estas diferencias tan enormes entre unas y otras familias. Ya que finalmente esas diferencias de ingresos se traducen en diferencias de oportunidades y por lo tanto en la reproducción sistemática de la desigualdad chilena.

 

La descentralización y el fortalecimiento del desarrollo local es una buena alternativa para armonizar el crecimiento y otorgar a las personas mejor calidad de vida y mejores oportunidades. De lo contrario seguiremos agudizando los fenómenos que mantienen el estado actual, que son: desplazamientos poblacionales a zonas con mejores oportunidades, disfunciones en el crecimiento urbano de las zonas receptoras, saturación de los servicios públicos y privados, aumento del precio del suelo y encarecimiento de la calidad de vida. Por otro lado las zonas abandonas se envejecen, quedan imposibilitadas de crecer por falta de mano de obra y traslado de los sectores productivos, territorios relegados que se convierten en un lastre para el Estado que debe mantener a aquellos ciudadanos que no quieren o no pueden emigrar, pero que requieren por derecho los mismos servicios que el resto.

 

Como podemos evidenciar son estas amenazas, las cuales ya están presentes en la situación actual las que debemos revertir y apostar por un modelo más sostenible económico, social y ambiental.

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Patrimonio es el “conjunto de bienes y derechos” pertenecientes a una persona o también a aquellos del que tenemos derecho por pertenecer a un colectivo, como es un barrio o una nación. Cuidamos nuestro patrimonio porque en esencia cuidamos algo que nos pertenece, algo que sentimos parte de nuestras raíces y nuestra historia. Tanto así que desde el 2003 existe la Convención para la Salvaguarda del Patrimonio Cultural Inmaterial.

A diario vemos cómo nuestro patrimonio, que puede ser una esquina, un barrio, un personaje popular, el aire, nuestro cielo o nuestros recuerdos son violentados por iniciativas que sólo buscan el lucro desmedido y que toman como capital lo más desprotegido e invalorado de nuestra sociedad, lo patrimonial.

Sucede porque nuestros recuerdos, espíritus o algo tan sentido como un río, definitivamente tienen tanto valor que sus ceros no caben en las calculadoras despiadadas de ejecutivos que sólo ve en esas aguas o esquinas de nuestras ciudades, números verdes en la cuenta corriente de su empresa.

Como alguna vez le escuché decir a nuestro Nobel alternativo de economía, Manfred Max-Neef, “un hilo de agua con cero contaminación nunca será igual con un 5% de contaminación”. El primero, es tan valioso que no tiene medición humana posible, el segundo es sólo un dato de algo ya destruído y cuyo valor va en baja. En éste caso, cero es el infinito de alta valoración y el 5% actúa como un número exponencialmente negativo.

El partimonio visual de un pueblo está íntimamente ligado al ser de una nación. Son aquellos íconos que un pueblo tiene en sus memorias lo que permite tener el sentido de pertenencia. Aquello tan invalorado cobra su valor real cuando es afectado, aunque sea mínimamente, muchas veces cuando ya no está

Este patrimonio es aquel que normalmente construye la foto de una nación, los recuerdos, lo más preciado de la especie humana, su legado.

Qué es lo que compras cuando decides ir de viaje a un lugar? Una foto y un relato de la Experiencia de otros.

La evidencia gráfica de aquella Experiencia es la tangibilización de lo valioso que es viajar por el Transiberiano, ir alTaj Mahal, Machupichu, Valparaíso o la Patagonia chilena.

Por eso es tan importante que defiendas tu patrimonio visual y patrimonial, porque la conservación es tu legado hacia los que vienen en tu futuro. No es algo de los demás o aquello que no te incumbe. Al contrario es tan tuyo porque ha ayudado a ser lo que hoy eres y que identifica tu origen, tu alma.

Es aquí donde cobra valor la educación que tu país te entregó y el enorme privilegio que haz tenido al gozar de acceso a fuentes de información y educación. Es aquí donde debes pensar a quién votas y en expresar tu opinión decuánto apruebas o no en lo que nos hemos transformado como nación. En mi opinión, Chile es hoy un país donde el dinero y el afán de consumo nos ha hecho olvidar por completo nuestros valores patrimoniales, culturales, medio-ambientales, humanos y también visuales.

No dá lo mismo la Patagonia pristina con su belleza inconmensurable que hace que miles vengan a vivir “la Experiencia de estar ahí” que una recorrida por miles de torres de alta tensión, como pretende el proyecto Hidroaysen. No.

No dá lo mismo un barrio amable y cercano, lleno de historias y recuerdos que uno plagado de edificios espantosos donde no conoces a tus vecinos y vives la fealdad extrema del consumo, lleno de “moles” letreros e idoteces que te destruyen el alma.

En la cabeza de quién está vender nuestras playas a la publicidad desenfrenada que debemos soportar todos los veranos en Viña del Mar? Por qué todos evitan Viña hace rato y largan hacia las maravillosas playas del norte o vivir sin agua ni luz en el valle del Elqui?

Qué buscamos cuando viajamos a al Central Park de New York o cuando caminamos por Valparaíso? Qué tiene de especial sentarse a apreciar el lago Bertrand o el Huayna Picchu?

A qué paramos en el Salto del Laja o en Huilo-Huilo?

La foto. Aquella necesidad urgente de registrar la Experiencia de haber estado allí, sabiéndote un privilegiado.

La defensa de tu patrimonio visual es urgente porque representa el patrimonio ambiental, cultural y humano de un pueblo. No debes permitir que tus recuerdos y tu foto la destruya el afán mercantil que todo lo corroe hasta destruir hasta la última gota de belleza que pueda vender.

Si no, no te quedará nación, serás un paria sin recuerdos que mostrar a los tuyos, no habrás dejado más legado que un país efímero, ansioso de moles y ciudades que necesitan tanta electricidad para sus letreros que terminaron con tu memoria visual porque era lo más barato para producir electricidad, empleos y bienes que de nada sirven cuando un país se acaba.

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El ex Ministro de Estado habló sobre los resultados de la Encuesta Casen explicando que uno de los grandes problemas que ella refleja es el gran aumento que ha tenido la desigualdad en el país.

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